Del mito a la realidad: católicos en México

La Jornada miércoles 18 de junio de 2008

Carlos Martínez García

Hace mucho que dejó de ser verdad la afirmación de que 90 por ciento de los mexicanos son católicos. De todas maneras en distintos espacios y por voz de variados personajes sigue difundiéndose la cifra para presentarla como evidencia de que el país es un campo religioso abrumadoramente dominado por la Iglesia católica. Es un mito en el que vale la pena detenerse.

Hace unos días, al andar saltando de canal a canal televisivo, me encontré que en una entrevista a quien fuera secretario de Gobernación en el tramo final del sexenio foxista, Carlos Abascal, éste afirmase para respaldar su argumentación que 90 por ciento de la población mexicana es católica. Por el alto puesto gubernamental que tuvo a su cargo, por sus manos pasó información acerca de la diversificación religiosa existente en México, ya que la Subsecretaría de Población, Migración y Asuntos Religiosos es una dependencia que forma parte de la Secretaría de Gobernación, de la que fue titular. En ese carácter debió enterarse que de acuerdo con el Censo General de Población y Vivienda del año 2000, 88 por ciento dijo identificarse con el catolicismo como su religión. Por lo tanto, si hace ocho años el porcentaje de católicos en el país ya era dos puntos porcentuales menor al 90 afirmado por Abascal, hoy su aseveración es fantasiosa porque la población católica de México está más cerca al 80 por ciento que al idealizado 90 por ciento.

En términos porcentuales la Iglesia católica tiene una clara y constante declinación en las preferencias religiosas desde hace casi seis décadas. Es a partir de los años 70 del siglo pasado cuando el crecimiento de confesiones protestantes/evangélicas, sobre todo en su vertiente pentecostal, comienza a modificar el panorama religioso mexicano. Los ritmos de ese crecimiento han sido distintos en las regiones del país, pero siempre al alza, incluso en zonas como el “cinturón del Rosario” (Guanajuato, Querétaro, Aguascalientes, Jalisco), así bautizada por Carlos Monsiváis.

Algunos consideran que el proceso de diversificación religiosa es una descatolización de México, y de ello, un dato sostenido con cifras, derivan distintas conclusiones que van desde la pérdida de identidad histórica, pasando por la vulnerabilidad cultural que eso representa, hasta culpabilizar a los conversos a credos no católicos por enrolarse en religiosidades “contrarias a la idiosincrasia mexicana”. Pero cada vez tiene mayor peso la hermenéutica que concibe al crecimiento de confesiones distintas al catolicismo romano, como resultado de la pluralización normal de las sociedades contemporáneas, en las que existe mayor intercambio de concepciones de la vida y la conducta. Por tanto, desde esta perspectiva, el cambio sociorreligioso es expresión del dinamismo social y de las transformaciones culturales en campos donde confluyen una diversidad de propuestas cognoscitivas y valorativas.

Es un hecho reconocido por la dirigencia del Episcopado Mexicano que el catolicismo de la gran mayoría de la población es superficial. Si se pregunta a la gente acerca de su identidad religiosa, hoy alrededor de 80 por ciento responde que nominalmente es católica. Sin embargo, carece de compromiso cotidiano, o más o menos frecuente, con la fe que dice sostener. Tal situación contrasta con los identificados con otras confesiones (por ejemplo la variada gama representada por los protestantes/evangélicos, testigos de Jehová y mormones, entre otras), quienes demuestran mayor involucramiento con las actividades de sus respectivas iglesias y grupos.

Una de las diferencias en la pertenencia a la Iglesia católica o a las diversas iglesias de otras confesiones existentes en nuestro país, es que de la primera se es parte porque se nace en su seno, mientras que a las segundas se ingresa por conversión. Es una premisa de la sociología de la religión, demostrada en distintos lugares y circunstancias históricas, que los conversos tienen más interés y compromiso en la difusión de sus creencias que los evidenciados por quienes ingresan a una organización religiosa sin haber realizado conscientemente su elección.

Entre las distorsiones de sobredimensionar el porcentaje de católicos en México, que muy probablemente ahora ronde 10 puntos menos que el mítico 90 por ciento, tenemos la proyección automática que gustan hacer varios clérigos de la Iglesia mayoritaria entre sus posiciones e intereses y los que ellos creen sostiene la mayor parte de, si no es que toda, la población católica mexicana. La verdad es que la cúpula clerical católica está lejos de representar los valores, esperanzas e intereses de ciudadanos que, identificándose como católicos, construyen sus opciones de vida sin los referentes doctrinales y éticos de quienes formalmente son sus líderes espirituales.

Todo apunta a que la sociedad mexicana continuará su proceso de acrecentamiento de la pluralidad religiosa. Un elemento a tener en cuenta en la reconfiguración de la nación, cuyo horizonte es de mayor diversidad por las opciones elegidas de sus habitantes.

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